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RECUERDO EL CALVARIO AÑOS 50-60

Paseo.de.motos.Sagunto.1959

Foto: Paseo de motos calle Sagunto año 1959.

Ahora que El Calvario se ha convertido en un barrio pujante y autosuficiente, de gran imporancia para el progreso y la economía de Vigo no está de más que recordemos los "tiempos anteriores", cuando empezaba a ser tan populoso y atrayente para vivir en el.

Recuerdo aquellos tiempos de los años cincuenta y principios de los sesenta, en que las pesetas escaseaban para la clase obrera y en general para los trabajadores, fuesen comerciantes, marineros, agricultores, dependientes y hasta profesionales, pero que valientemente se amoldaban a la circunstancias y mucho luchaban para salir adelante.

El Calvario entonces, claro, era más tranquilo, pero tenía sus puntos de importancia como el Fielato, el Jardín Maternal, el Mercado, la línea de tranvías una Cooperativa de agricultores, etc.

Una de las vías de acceso a este barrio del que también formaba parte, era la calle Sagunto, pues los habitantes de las aldeas cercanas, o sea Santa Cristina de Lavadores, San Pedro de Sárdoma, San Juan del Monte, Las Fontes, canalizaban la venta de sus productos a través de esa calle polvorienta que en tiempos lluviosos se convertía en un barrizal, y gracias a que tenía largos tramos con aceca, se podía llegar a los dos sanatorios y a los dos cines, y al comercio de Anuncia al que se podía acudir y hacer un trato de pago a plazos al que siempre estaba dispuesta, confiando en la honradez de toda aquella gente sencilla y honorable que era su clientela.

Había de todo en aquella calle entre ciudadana y rural, por ejemplo, a ambos lados campitos verdes a donde llevar la ropa "al clareo" y hasta pequeños maizales, pues se aprovechaba cada trocito de tierra para obtener alguna ganancia.

Entre toda aquella gente que formaba esa vía de acceso a la calle José Antonio (hoy Urzáiz), entre todos aquellos aldeanos que llevaban su fruta y verdura, pollos, huevos, pan de maiz, requesones sobre limpias hojas de higuera para venderlos en la plaza, estaban, personajes pintorescos como Sindo que tenía un pequeño carrito para transportar leña, comestibles y lo que se terciara, tirado por un burrito que ¡el pobre! estaba condenado al celibato por carencia de hembras en su entorno. Un día sucedió que, al enfilar la calle Sagunto para arriba, una viejecita que les precedía llevaba del ronzal a una burrita blanca preciosa que, como Platero andaba con un "trotecito alegre".

Esa visión, y sin duda ese olor fueron demasiado para el burro de Sindo que, de un sacudón se liberó del carrito y a pesar de las protestas de su amo se abalanzó sobre tan apetecible hembra y dió satisfacción a sus sentidos sin que la viejecita, que se hacía la señal de la cruz una y otra vez, puediera impedirselo. Entre tanto, Sindo le recriminaba su actitud con gritos de ¡Heiche de capar! ¡Heiche de capar, me c... en ti!. Pero ya su animalito era feliz y se sentía en la gloria. Cuando ya cada uno de los protagonistas siguió su camino y se habia tranquilizado el tumulto, se pudo oir a Sindo, quien, acercando la boca a las orejotas del animal le decía: "¡Bravo machiño que isa xa leva un fillo, teu!".

Los cines Palermo y Avenida eran la ilusión sobretodo de los chiquillos. Los sábados y domingos, ya antes de abrir había una caterva de niños esperando la hora en que se abriera paraiso que era la sala donde se proyectaban aquellas películas en el que el chico salvaba a la chica justo cuando el tren iba a arrollarla pues el malo la había atado a las vías. ¡Qué aplausos! ¡Qué entusiamo! y mientras comían el consabido plátano del que iban provistos o daban cuenta del bocadillo de sardina o de tortilla del mediodía, y los más afortunados, los buñuelos que a la entrada compraban a aquella señora tan sonriente. Todos muy abrigados por sus solícitas madres con las naricillas rojas pues el cine no tenía calefacción.

También hasta la calle Sagunto llegaba la cola de los pacientes del Doctor Bouzón, que tenía consulta en la calle Burgos, el médico de los pobres, como le llamaban, que sólo cobraba diez pesetas la consulta y gratis al que no podía pagar. También, ya en José Antonio (actual Urzáiz), el Doctor Lago Olano, que un día a la semana consultaba gratis.

A aquellas casas, la mayoría humildes, llegaba también una vez, al año, Don serafín, el párroco del Santa Cristina, a bendecirlas y toda la familia fuera o no católica, le abrían sus puertas y se arrodillaban con gran respeto para recibir aquella bendición.

Tiempos de escasez y a la vez de abundancia, cuando se podía comprar en la plaza un ciento de "croques" por un duro, y aún regateando se conseguía mejor precio. Ahí, en el mercado, estaba Ismael, un personaje pintoresco, corto de facultades, siempre sonriendo, descalzo aún en el más crudo invierno, que les hacia recados a las pescadoras que le pagaban con suculentos bocadillos.

También estaba la escuela de don Pepe, pequeña, abarrotada de críos o el comercio del "castellano" hasta hace poco abierto, que vendía tripa para chorizos, pimentón  a granel, escobas, clavos, masilla, todo como las tiendas que vemos en las películas del oeste.

En fin, ese Calvario poco tiene que ver con el actual, pero fue la base del actual progreso y aún quedan comerciantes que recuerdan esa época. Y los que tienen muchos años, se admiran de lo que se ha conseguido y desean en nombre de todo aquella gente "pionera" que la prosperidad vaya en aumento y que el Ayuntamiento "mime" a ese trozo entrañable de Vigo.


Fuente: Libro Calvario Zona Viva- noviembre 2001.

 

Mi paso

En la calle Cataluña, que es la que está a la derecha de la puerta principal del mercado que dá a Urzáiz, viví algunos años alredededor de los años 60. A mi me parece que el mercado era el centro de la vida del barrio.

Por aquel entonces bien de mañana venían los carreteros con carros tirados por un caballo, subían desde el muelle del Berbés con los peces en patelas hechas de tiras del castañero, llenas de peces y de hielo en una cama de hierba seca. Al llegar a la calle Cataluña paraban los carros y empezaban a subir las patelas en las cabezas de la mujeres, que cubrían las espaldas con sacos, hechos de un tejido de hilo gordo que se empapaban todos al escurrir el agua del pescado, y ponían un paño aplastado en la cabeza para asentar mejor las patelas.  Las carretadoras andaban con prisa y chillaban, y aquella calle era puro alboroto. Mientras descargaban el pescado, los caballos estaban en sus puestos delante del carro con el freno echado, y eso sí, les ponían un saco con cereales para comer colgado de la cabeza y allí estaban.

Hasta donde yo recuerdo, el comienzo de la calle Cataluña estaba, donde está hoy. "La Ganga" un comercio de ropa; después un bar, "O Salvatierra" que los sábados ponía ostras; seguidamente, una tejedora; luego una mercería -la de Titina- después una tienda que regentaban mis padres; después la carnicería Carrera (por aquel tiempo se iba a comprar carne a esta carnicería, decían que era muy buena; luego tuvo que cerrar).

En el siguiente bloque de viviendas, en el bajo, doña Rosario vendía telas, de vichí y de Cretona, y seguramente que muchas otras que en mi corta edad no tenían mayor interés. Lo que sí tenía, y mucho, era una tortuga de tierra que andaba muy despacito por la trastienda y a la que le llevabamos manzanas y lechuga.


El pintor Abelardo Bustamante

Bustamante[1]En el primer piso de esta casa vivía el pintor Abelardo Bustamante con su esposa Carmen y sus nietos Pili y Pituso. Tenían un papagayo verde que era el alma de la vecindad. Empezaba ya de mañana temprano con su retórica, podía ser muy educado: "Buenos días" "Hola, ¿Cómo estás?", o contestarle a la vendedoras de pescados y carretadoras que lo increpaban. Cuando la conversación alcanzaba cierto nivel grosero, él mismo anunciaba: "que viene la vieja", y ya se sabía, enfado de la dueña de la casa y castigo con retirada al interior.

Me voy a parar un poco en el pintor Abelardo Bustamante, para mi era un hombre alto vestido con traje de pana marrón, pantalones de montar con botas bajas y polainas de cuero de color negro que le cubrían las piernas; pelo blanco bastante largo para la moda de la época, con gafas y una boina en la cabeza. Bajaba por las tardes a la tertulia del café Goya.


Foto: fuente www.artealpide.net

La Gran Enciclopedia Gallega nos dice que nació en Cuba en 1889. Sus padres eran de Santander. Llegó a España en 1922 presionado por el Gobierno cubano y desde 1927 reside en Vigo. Precisamente fue en Vigo donde expuso su obra por primera vez en el año 1928. Luego la expuso en casi todas las ciudades españolas e hizo dos exposiciones en Cuba. A partir de 1967 deja de pintar porque le falla la vista, exponiendo su obra por última vez en 1973.

Bustamante pintó siempre al aire libre y se sintió muy atraido por el paisaje de Galicia, tema que fue predominante en su obra. Murió en Vigo en 1984.

En la casa que hacía esquina con la calle Monforte de Lemos estaba el bar "A Chata", y a continuación, ya en la calle Monforte de Lemos, tenían un bar los hermanos Lois, que eran taxistas; luego abrieron un garaje de coches a punto en la calle Aragón. En frente de la Chata, en la otra esquina, estaba la sucursal de la Caja de Ahorros de Vigo, que luego hizo nuevo edificio, haciendo esquina con la calle Extremadura y la calle Urzáiz. En este lugar, unos años después, puso la Caja una Escuela de Secretarias, que tuvo mucha importancia para formarse muchas chicas de los alrededores.

El origen de lo que hoy viene siendo CYL, empezó en la puerta pequeña del mercado, vendiendo tarteras, cuencos, platos y otros utensilios del hogar. Principalmente a las vendedoras de pescado y fruteras del mercado, les vendía a fiar, se llamaba "ó patacón", ellas le pagaban lo que podían cada día hasta terminar la deuda, para empezar de nuevo con la compra de otro utensilio; luego ocuparon el lugar que dejó vacio la Caja de Ahorros.

Cara al norte, mis paseos por aquel entonces, no iban mucho más alla de la calle Asturias, que se terminaba al final de la calle Cataluña.


El Campo de Romancho

Enfrente da la puerta principal del mercado estaba, y está, la botica de Doña Ermitas Castro. A la izquierda de la botica de Ermitas había un gran espacio vacio: el lugar de Romancho, en este lugar tenía un puesto un hombre que en el verano vendía churros y en el invierno asaba castañas.

También había un surtidor de gasolina, que funcionaba con una bomba de mano. El surtidor lo regentaba el Carioca, que tuvo tienda de frutas y lanas en la calle Monforte de Lemos. En el campo también vendía sandías y melones, por el verano, un hombre que venía de Levante. Por Navidades venían mujeres de los alrededores con pollos, pavos y productos de la huerta, y por San Martiño vendían paja para chamuscar a los cerdos.

Carnaval 59 baile Cruz BlancaEn esta zona, que luego le quedó el nombre de "Crus Branca", dentro de la finca de Romancho, había un baile muy famoso de invierno y de verano. Era una finca muy grande con paseos y lugares cubiertos para bailar en el invierno, y al aire libre en el verano.

No puedo terminar de rememorar estos pocos años que viví en el Calvario, sin escribir unas letras a un personaje muy querido y muy conocido del Calvario por aquel entonces, y pienso que durante muchos años más: es Ismael, un hombre que era disminuido psíquico. Tenía su familia, madre y hermana, en Riomao que era donde él vivía, pero pasaba todo el tiempo en la calle del bullicio del mercado del Calvario. Él entraba y salía de los comercios y siempre tenía algo entre las manos; un día pedía para comprar un cinto o una gorra; otro día ayudaba en lo que cuadrase. Algunas veces pedía comida, otras veces te pedía que le hicieses una ensalada con tomate que llevaba en la mano.

Si alguién le decía que la ropa que llevaba puesta era de un guardia civil o de un falangista, se desnudaba aunque fuese en medio de la calle y tiraba con la ropa, eso le traía malos recuerdos; habían fusilado a su padre en la Guerra Civil. Él no paraba quieto, siempre estaba cavilando cosas , tenía una madre adoptiva en el mercado, una carnicera que se llamaba Regina; Mi más cariñoso recuerdo para Ismael.

Agradezco a mis padres y a mi hermana Sara la ayuda para recordar estas vivencias del Calvario de los años 60, y la culpa de traer esto al presente es de Xosé Couñago, profesor de gallego en la Escuela de Idiomas que pasa el día tratando de juntar nuestros recuerdos siempre con buen fin.


Por Mercedes Carmueja Groba.

Foto: Carnaval año 1959,  baile en Cruz Blanca.